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martes, 12 de octubre de 2010

Y MAS DE RIBADEO EN LA LITERATURA

O Miragre de Ribadeo x Anxel Fole


A min sempre me gustou dar unha volta pola fermosa cidade de Ribadeo
O de fermoso, fermosa, vai máis ben pola paisaxe da Ría. Góstame o apouso con que falan os habitantes da vila ou cidade. Parece mesmamente que todo o mundo vive sen preocupacións económicas. Que gorentan unha vida moi folgada e doada. Será ou non será...
Mais agora góstame moito máis ribadeo dende que tiven a sorte de presenciar aquil Gran Miragre.
A cousa foi fai poucos anos.
Non teria tal sorte se non fose amigo de Pepiño o Xaropes que foi quen me levou alá. O de "Xaropes" viñalle de botar algúns anos de mancebo de botica na cidade do Eo.
Era farrista e moi amigo de dar bromas pesadas ós do seu trato, foran quen fosen.
Era il pernudo, loiro, birollo e cuasemente elbado. Decía que na súa persoa había un imán que chamaba polo ausurdo. Que lle pasaban de cote cousas inespricabres e molestas. Poño por caso...
Vivía en Lugo nun terceiro piso. Chegou a casa ás dúas da madrugada. Non había lus na escaleira. ripou do peto a caixa de mistos. Soilo tiñan un misto. E na chama do misto acendeu un papeliño que ripara do peto onde levaba a carteira. Cando chegou ó seu dormitorio veulle o acordo de que o papeliño queimado era... un décimo de loería premiado con vinte mil reás. Xa non puido pegar ollo en toda a noite.
E cecais por tantas cousas ausurdas que lle pasaban tiña o instinto de se vengare de calquera, sin mais razón que a de súa mala sorte, que é razón do Demo, dispensando.
E fun candiail a Ribadeo, pra escoitar un recital de poemas do noso común amigo o Lías de Moxenas.
Era iste un mozo ben prantado, con bigote e tamén barba da color da barbadela das espigas do millo.
Un día do mes de outono, ás oito da tarde, no salón da Cultural Ribadense.
O Lías de Moxenas foinos cuase decramando un poema do recital polo camiño:
"¡ Ouh, labrego que verques suor e bágoas
sobre os pardos torros da chaira infinda!"
Dito queda que era un cantor inconformista, protestatario, futureiro.
Uns intres despois de nos baixare do auto, vimos uns picariños que estaban xogando cunha ra grandísima, o Xaropes arrechegouse a iles e vin que lle daba dous pesos ó maís grandiño pola ra. E meteuna no peto da chaqueta ¿Que?
E logo vin, ó poñer todos nós o pé na Cultura, que a metía no peto da chaqueta do trovador.
O señor que presentou ó Moenas dixo que era un inspiradisimo cantor do máis novo xeito. E de seguida afirmou que os dous poetas meirandes da Historia eran Homero e Pablo Neruda.
O Moxenas emprincipou o seu recital unha miaxiña nervioso. Pareceume que ollaba pró peto dereito da súa chaqueta. O Xaropes fitaba pra il e sorría como deben de sorrir os raposos cando laplan o sangue da pita, inantes de emboulala.



.... Ánxel Fole Sánchez (Lugo, 11 de agosto de 1903 - 9 de mayo de 1986). Escritor gallego en gallego y castellano que cultivó todos los géneros literarios (narrativa, poesía, teatro y ensayo), aunque debe su fama a sus libros de cuentos, recogidos en cuatro volúmenes. Perteneció, junto a Álvaro Cunqueiro y Rafael Dieste, a la generación de escritores gallegos formados antes de la Guerra Civil.
Estudió en el colegio de los Padres Maristas, luego en el Seminario y obtuvo el bachillerato en el Instituto de Lugo en 1927. En la adolescencia descubrió a los poetas románticos españoles José de Espronceda y Gustavo Adolfo Bécquer y a partir de entonces se dedica a la lectura con pasión. De la literatura gallega leerá pronto los poetas del Rexurdimento, fundamentalmente Rosalía de Castro y Curros Enríquez. También se entusiasmará con Valle-Inclán y Antonio Machado. Álvaro Cunqueiro, compañero de instituto, fue un gran amigo suyo.
Inició la carrera de Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Valladolid, con la idea de hacerse notario pero luego se traslada a Santiago de Compostela, hasta 1933, sin llegar a obtener la licenciatura por problemas económicos y también porque se interesaba más por la literatura y la vida estudantil que por sus estudios académicos.
Comenzó a dedicarse al periodismo, que no abandonaría nunca del todo. En 1931 inauguró en el periódico lucense El Progreso la serie «Cartafolio de Lugo», que se mantendría a lo largo de los años. En 1932 funda y dirige, también en Lugo, la revista literaria vanguardista Yunque, en la que se publicaron por primera vez los poemas gallegos de García Lorca. En 1933 se convirtió en redactor del periódico vigués El Pueblo Gallego, en el que publicó su primer artículo en gallego al año siguiente. Fue corresponsal en Lugo de la agencia de noticias Febus, más tarde transformada en EFE. En 1936, comenzada ya la Guerra Civil Española, continuó con la edición de la revista compostelana Resol, lo que le supuso un gran riesgo.
Precisamente a causa de la guerra no se llegó a publicar su primer libro de relatos «Auga Lizgaira», que estaba ya en la imprenta para ser editado en 1936. El texto se perdió y actualmente se conocen solamente dos de sus relatos, que había publicado en la revista Nós, y uno que había aparecido en El Pueblo Gallego.
Al término de la guerra, opta por no exiliarse, como otros escritores como Dieste, pero se vio sometido a un total ostracismo interior. En 1941 deja Lugo para vivir en el campo (Quiroga, O Incio y O Courel) y publica sus dos primeros libros de cuentos, «Á lus do candil» (1953) y «Terra Brava» (1955), y la pieza teatral «Pauto do Demo» (1958). Sus otros dos libros de relatos son «Contos da néboa» (1972) e «Historias que ninguén cre» (1981). A pesar de su retiro al campo, continuó colaborando en la prensa. En 1953 retornó a Lugo, dónde se establece definitivamente. Ingresó en la Real Academia Gallega el 5 de octubre de 1963, día de San Froilán (patrón de Lugo). En 1984, obtuvo la Medalla Castelao. En 1997 se le dedicó el Día de las Letras Gallegas y se emitió un sello de correos en su honor con una caricatura de Siro López.
En su narrativa, heredera de las de Álvaro Cunqueiro, Castelao y Otero Pedrayo, Fole presenta la geografía de los lugares de montaña en los que vivió, así como los trabajos, costumbres, diversiones, etc. de sus habitantes a mediados del siglo XX. La lengua de sus relatos recoge el habla popular e incluye abundantes vulgarismos, hipergalleguismos y dialectalismos, peculiares de las zonas donde sitúa los hechos que cuenta. Sus escritos acercan una información etnográfica y antropológica fundamental de en medio rural gallego antes de la llegada de la mecanización/Wikipedia

El fragmento sobre El Milagro de Ribadeo fue editado con el título Anxel Fole en Ribadeo en el año 1996 por el Ayuntamiento de Ribadeo y sus autores son Antonio Moirón Alvarez y Suso Fernández Acevedo. Contenía tres relatos de Fole y de su presención extraemos esto: " A acción de A pinga de angue sitúase no mes de setembro de 1960, polas festas de Ribadeo, e ten especial protagonismo un relato do Pintor Fierros. Un queixo de San Simon centra a súa acción en Lugo, pero aparece un personaxe natural de Rinlo, don Pedro. A presencia dste levará parte dos feitos a Rinlo e Ribadeo. Por último, en O miragre de Ribadeo o protagonista dsta vila como marco espacial da acción é absoluto. Os relatos foron tomados de Contos de Lobos e outros relatos de Ed. Xerais.

EL DIABLO COJUELO DE LUIS VELEZ DE GUEVARA
-Allí viene- dijo el Cojuelo- el conde de Oropesa y Alcaudete, sangre de Toledo, Pimentel y de la real de Portugal; príncipe de grandes partes; y el que va a su mano derecha es el conde de Luna, su primo, Quiñones y Pimentel, señor de la casa de Benavides en León, hijo primogénito del conde de Benavente, que es Luna que también resplandece de día. El conde de Lemos y Andrade, marqués de Sarria, pertiguero mayor de Santiago, Castro y Enriquéz, del gran duque de Arjona, viene en aquel coche; tan entendido y generoso como gran señor. Y en ese otro, el conde de Monterrey y Fuentes, presidente de Italia, que ha venido de ser virrey de Nápoles, dejando de su gobierno tanto aplauso a las dos Sicilias y sucediéndole en esta dignidad el duque de las Torres, marqués de Eliche y de Toral, señor del castillo de Aviados, «sumiller de corps» de su majestad, príncipe de Astillano y duque de Sabioneta, que este título es el más compatible con su grandeza; a quien acompaña, con no menos sangre y divino ingenio, en Italia, el marqués de Alcañices, Almansa, Enríquez y Borja. Allí viene el condestable prudentísimo Velasco, gentilhombre de cámara de su majestad, con su hermano el marqués del Fresno. El duque de Híjar le sigue, Silva, y Mendoza, y Sarmiento, marqués de Alenquer y Ribadeo, gran cortesano y hombre de a caballo, grande en entrambas sillas, que por el último título que hemos dicho tiene privilegio de comer con los reyes la Pascua de este nombre. Va con él el marqués de los Balbases, Espinola, cuyo apellido puso su gran padre sobre las estrellas. Allí va el conde de Altamira, Moscoso y Sandoval, gran señor y caballero en todo; caballerizo mayor de su majestad la reina. Allí pasa el marqués de Pobar, Aragón, con don Antonio de Aragón, su hermano; del Consejo de Ordenes y del Supremo de la Inquisición. Los que atraviesan en aquel coche ahora son el marqués de Jódar y el conde de Peñaranda, del Consejo Real de Castilla; ambos, Simancas de la jurispericia como de la nobleza. http://atalaia.mforos.com/visit/?http://www.lainsignia.org/2002/octubre/cul_095.htm


DEL MIÑO AL BIDASOA (Camilo José Cela)

1952. Historia de un vagabundo que sale de Santiago. El recorrido de hoy se centra en Galicia, concretamente en Santiago de Compostela, Orense, La Coruña, Betanzos, Mondoñedo y Ribadeo.
"El vagabundo, en el embarcadero de Porcillan, por las callejas de Ribadeo, va en busca del agua y de los peces del agua, de los relampaguillos que se brindan, como sacrificadas doncellas, a la paciencia del pescador."

RIBADEO EN LA LITERATURA

RIBADEO EN LOS LIBROS DE EMILIA PARDO BAzan




Amparo la tomó por confidente, y hasta por compañera. Ana, viuda a la sazón de su capitán mercante, que andaba allá por Ribadeo, se prestó gustosa a ser, en cierto modo, la dueña guardadora de la Tribuna

La Tribuna.

Tienes razón... La pobreza enaltece... Rodando e rodando, tu papá conoció a una señorita muy guapa, estanquera en Ribadeo... Dicen que propiamente una imagen... Era enfermiza, la desdichada. Falleció al nacer tú, o poco después, que eso no lo sé de positivo. Ello es que de ti se hizo cargo, por orden de doña Catalina, el señor Farnesio, que te puso ama y te dejó al cuidado de ella, en tierra de Segovia. Pero esto ya lo sabrás tú muy bien. ¿Qué te estoy contando?

Dulce sueño
http://es.wikisource.org/wiki/Dulce_sue%C3%B1o_(Versi%C3%B3n_para_imprimir)
#1 ·
LA BIBLIA EN ESPAÑA DE GEORGE BORROW

Ribadeo es uno de los principales puertos de Galicia admirablemente situado para el comercio, en una profunda ensenada donde desemboca el Eo. Contiene muy buenos edificios y una amplia plaza plantada de árboles.
Había anclados en la rada varios navios; la población, más bien numerosa, no mostraba aquella miseria ni tristeza que acababamos de ver en los ferrolanos”

PAJA BRAVA
de José Alonso y Trelles

Del Prólogo de la primera edición)
Los renglones desiguales (¡cualquier día les llamo yo versos¡Guiño que te brinda este volumen y que leerás o no; porque no sé si se adaptarán a tus gustos, en mi opinión y considerados literariamente, no valen nada. Te juro que no hay modestia en la emisión de este juicio absoluto y desenfado, sino sinceridad campera, y, por lo mismo, sana. Que de mí, como dijeron de no recuerdo cuál poeta, puede decirse que si tengo el vicio de hacer versos (¡ya pegué!), tengo también la virtud de despreciarlos. Salvo unos pocos, los escribí hace bastantes años, por puro solaz y sin soñar que pudieran salir del ambiente campesino en que fueron concebidos y dados a luz. Pero salieron. Y ni siquiera vivieron "lo que viven las rosas"; sino que siguen recitándose en no pocos cenáculos rurales y hasta en algunos rinconcitos urbanos en que brilla el saber. ¿Porqué? ¡Vaya uno a adivinarlo! Dijo de ellos el ilustre doctor Fénix en una de sus "Notas" de El Siglo que "tienen -no obstante su tosquedad, propia del estilo campestre- el sabor y el colorido de nuestra tierra". Opina Casiano Monegal, el inimitable cronista que yo soy "el que ha sondado mejor el alma gaucha y expresado en versos perdurables las pasiones bravías, los dolores y las ternuras de nuestras Julietas y de nuestros Romeos criollos". Afirma el talentoso Luis Hierro que mis "cantos genuinamente uruguayos, evidencian mi vocación para pulsar la tira gaucha y mi conocimiento del alma campesina del paisano". A todos ellos la responsabilidad de mi gesto actual. ¿No podrían ser sencillamente mis pasiones, mis penas, imaginarias o reales, que da lo mismo, mis secretas ternuras, el mundo misterioso e ignorado que lleva cada uno dentro de sí, lo que, en el pintoresco lenguaje criollo, aprendido en mi larga convivencia con la gente del campo, exprensan y traducen mis toscos versos?
Toscos, sí, tan toscos, tan inarmónicos, tan mal rimados, que ¡pobres de ellos si de su estructura se ocuparan los técnicos, si no los salvara el granito de emoción con que pudo haberlos dotado mi sensibilidad exaltada, si no hicieran con ellos lo que quería Menéndez Pelayo se hiciese con las novelas de Pereda! "antes que juzgarlos, sentirlos", porque quién sabe si no son también "algo de nuestra tierra y de nuestra vida como la brisa de nuestras costas y el maíz de nuestras mieses".
Confiado en que así ha de ser, los lanzo a la vida en un libro. Para recomendarlos al paladar literario, cada día más exigente, necesitaría un prólogo que no sé hacer ni me atrevo a pedir a nadie: para entregarlos al sentimiento público, sobran estas excusas, si es que hay en ellos un granito de emoción, que puede que le haya.
JOSE ALONSO Y TRELLES. Tala, diciembre de 1915.
EL CABALLO DEL CURA DE PRAVIA
(...)Y Mosén Casimiro, sin decir nada a la buena ama Petra, pues se habría opuesto, desde luego, a sus designios, ni a su sobrina -ésta adoraba al caballo corno a un perro fiel-, emprendió, en un hermoso amanecer de mayo, el camino de Ribadeo, donde se celebraban ya por entonces ferias famosísimas de ganados. Al ama y la sobrina les dijo iba a ver a unos amigos y a la vez a hacer unos negocios con productos de sus fincas.
      Como el cura realizaba dos o tres veces al año el viaje a Ribadeo, jinete siempre en su fiel Lucero, nada extrañó a éstas y le vieron partir, cual de costumbre.
      El buen cura había de hacer de todos modos «de tripas corazón». Él no recordaba haber hecho en su vida daño a una mosca, e iba a consumar, ya en plena vejez, una mala acción, al vender a aquel compañero de fatigas y penas, a aquel noble y bondadosísimo animal, que le entendía tan bien como sus perros de caza, que relinchaba de placer al verle o al oír su voz desde lejos, y que había nacido en el establo de la casa; pero, ¡qué remedio!, la vida tiene a veces exigencias y el cura endurecía su corazón ante la perspectiva de un buen caballo, brioso y valiente, con el cual le sería fácil y cómodo viajar a su antojo por valles y sierras.
      Al llegar a Ribadeo, fue a hospedarse Mosén Casimiro en el mismo parador donde lo hacía desde tiempo inmemorial, mezcla de posada y de hospedería, y después de cambiar su sotana y acicalarse un poco, bajó de nuevo a la caballeriza, y se llevó a Lucero, casi sin quererlo mirar, al cercano mercado de bestias

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GUILLEN DE CASTRO:




LA HUMILDE SOBERBIA: Y OS DOY MÁS, PUES CORRESPONDE

la obligación al deseo:la Villa de Ribadeo
y con título de conde

(Guillén de Castro)
 

Autor: a333, 02/Feb/2009 18:08 GMT+1:



 
EN TIRSO DE MOLINA:
 
 
 de Castilla, fueran tuyas
Arcos, Arjona, Ladrada,
Ribadeo y Villaescusa,
Ayllón, Betanzos, Vivero,
Montalban y Villarubia;
fueras conde, marqués, duque.



RIBADEO RIBADEO (LUZ POZO GARZA)
 
Libro de poemas que comienza "Entre os poemas de lembranza e saudade, escollin este breve corpus pensando en Ribdeo pois as miñas vivencias son as miñas saudades"
Como prólogo un artículo de Dionisio Gamallo Fierros publicado en Las Riberas del Eo en 1951 sobre Luz "Unha poetisa ribadense"
Hermosas poesías de Pozo Garza y entre ellas: "Podra faltarme, Ribadeo, memoria,
podras girar aqui, dentro del pecho
como una enamorada y dulce noria"

RIBANOVA (Leopoldo Calvo Sotelo 1894-1933)
En 1910 vio la luz una obra titulada así: Datos históricos de la Muy Noble, Muy Leal y Muy Heroica Villa de Ribanova, por un Licenciado en Ciencias. La obra se imprimió en Monteledo: es un volumen en octavo, de cuatrocientas páginas. Para componerlo, el autor revolvió los archivos municipal y parroquial, los libros de actas de la Cofradía de mareantes de San Blas y los del Cabildo monledense. Una musa irónica hubo de inspirarle al comentar las andanzas de Ribanova desde sus remotos orígenes hasta el siglo que corre. Nosotros nos hemos limitado a extraer, de la rica cantera de su humorismo, media docena de botones para muestra y regalo del que leyere. A partir de 1875, el autor cambia de tono: ya no bromea, y reviste su pluma de digna seriedad. Dicen que el seudónimo Licenciado en Ciencias esconde a un ribeiriano insigne, concejal varias veces, el cual no ha querido, sin duda, aplicar al pellejo propio la ortiga de sus donaires, que tanto escocerían a los que le precedieron en el Municipio, si viviesen. Nosotros respetamos el texto, reímos cuando el Licenciado ríe y nos ponemos graves cuando enarca las cejas, se asegura las gafas, carraspea presumido y perora doctoral.


Los primeros datos fidedignos del pasado de Ribanova se remontan al siglo XIII. En 1232 visitó la villa el Rey San Fernando, que recorría sus dominios de León. Cerca de setecientos años transcurrieron antes de que Ribanova recibiese el honor de otra visita real, pero no por ello la olvidó la Monarquía ni dejó el pueblo de participar en las alegrías y tristezas de sus soberanos. En 1601 Ribanova paga 11.000 maravedises de donativo y chapín de la Reina; en 1611, muerta doña Margarita, esposa de D. Felipe III, invierte 25 ducados en bayetas para el luto de sus justicias y regidores; en 1640 contribuye al sostenimiento de las mulas y mozos del Rey con media anata sobre todos los oficios y profesiones, y en 1647 con 715 reales al viaje de Felipe V a Aragón; en 1660 le corresponden 128.000 maravedises en los gastos del casamiento de la Infanta; en 1690, de orden superior, remite semanalmente a La Coruña doce perdices y un salmón para regalo de doña Mariana de Austria, que había desembarcado en El Ferrol; en 1712, las mantillas del príncipe Don Luis le importan 950 reales...
Hospitalaria, la villa llena de agasajos a cuantos forasteros de alcurnia trasponen sus puertas. En 1622 obsequia con doce gallinas, cuatro cajas de conservas, doscientos limones, cuatro frascos de vino de Ribadavia y ocho panecillos al almirante de la escuadra francesa que había entrado de arribada en el puerto. A bordo de los buques, una epidemia de amigdalitis hacía estragos. Con el zumo de los dos centenares de limones pudieron todos gargarizarse y lograr pronto alivio. Dos días después, el almirante dirigió un comunicado al Concejo, expresándole sus reconocimiento por las atenciones recibidas. «Gracias a la solicitud de vuestras mercedes, decía el documento, que se conserva en los archivos de Ribanova, mis hombres tienen ya expeditas las tragaderas; denlas ahora ocupación para que con el ocio no les vuelva la pasada calentura, y mándennos más vino y más gallinas, que panecillos todavía quedan». Los regidores concedieron lo pedido, y era tal el apetito de los marineros, sin duda avivado por la dieta sufrida, que durante mucho tiempo guardaron luto los corrales ribeirianos. Los franceses no trajeron, se llevaron las gallinas de Ribanova...   http://atalaia.mforos.com/visit/?http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01372731999137528646024/p0000001.htm#I_1
Calvo Sotelo, Leopoldo (1894-1933)

SOTILEZA, PEREDA Y ANTOÑITO DE RIBADEO
Del patache y otros particulares 11
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SotilezaJosé María de Pereda

El negocio de Andrés caminaba en posta por la nueva senda en que le habían encarrilado la conspiración de la capitana y la elocuencia del señor don Venancio Liencres. Bitadura emprendería otro viaje a la isla de Cuba en todo el mes de julio, y Andrea había propuesto que, para cuando se ausentara su marido, estuviera preso Andrés con algún compromiso por pequeño que fuera, a los planes del comerciante, aceptados al fin terminantemente por el capitán. Con los aires de la ausencia cambian mucho los pensamientos de los hombres, que son mudables de suyo, y, «por si acaso», desde el mismo día en que quedó acordado entre Bitadura y su mujer que Andresillo sería puesto a las órdenes de don Venancio Liencres para que fuera haciendo de él un comerciante, se le dio un maestro que en lección particular le repasara las cuentas y le enseñara a escribir con soltura la letra inglesa, lo cual sería obra de dos o tres meses y de un par de horas de trabajo cada día. Lo demás lo iría aprendiendo en el escritorio; pues, en opinión del comerciante del Muelle, medio día de práctica sobre el atril enseñaba más que un curso de partida doble en la cátedra de un maestro.
Entre los muchos consejos buenos que al neófito dio su madre, le encareció particularmente el de procurarse la compañía y el trato íntimo del hijo del comerciante, con quien, según éste había dicho y repetido el capitán, trabajaría en el escritorio y caminarla hasta el pináculo de su infalible prosperidad. Este preliminar le consideraba ella de mucha importancia, pues una amistad íntima, a la edad de los dos muchachos, se convierte años después en vínculo inquebrantable.
Bien conocía Andrés al hijo del comerciante. Se llamaba Tolín (Antolín) y era, en lo físico, poca cosa: delgaducho y pálido, aunque animoso. No le convenían, al paso, más de tres pies y medio desde la raya, y hacía muy mala jaliba cuando le tocaba ponerse; jugando al marro le atrapaba cualquiera, sin más trabajo que cortarle el atocadero, porque se cansaba pronto de correr. A las canicas era algo más diestro, pero poco lucido: sacaba mucha cuarta, y, además, la lengua. Dos veces había ido a la Maruca; pero no volvió allá, porque cada vez le había costado dos días de cama el descalzarse, e ir a la Maruca para no descalzarse era como no ir. Por lo demás, torcía bastante bien los tacones de los borceguíes; tenía el charol de la visera tan roído y agrietado como el de la del mayor adán, y el pañuelo del bolsillo bien empapado en barro de todos los colores, la mejor señal de que Tolín, aunque por la categoría de su padre pudiera, y aun debiera serlo, no era de los pinturines ya mencionados, que jugaban a compás, con canicas de vidrio, en los Arcos de Dóriga o en los de Bolado, después de barrerles el suelo un almacenero.
Todo esto sabía Andrés, porque Andrés conocía a todos sus coetáneos de Santander, altos o bajos, y, por saberlo muy bien, no le era antipático Tolín, aunque jamás se le hubiera ocurrido echársele por camarada de su preferencia; mas ya que se le encargaba tanto asociarse a él, trató de hacerlo sin la menor repugnancia, y lo consiguió bien pronto, porque la intimidad de Andrés era de las más codiciadas entre los chicos de su tiempo, prestigio que se explica sabiendo, como sabemos, que el hijo de Bitadura era tan apto para un fregado como para un barrido, y unía a la estampa distinguida y hasta gallarda de un señorito, la fortaleza y la soltura de un pillete de la calle.
¡Y vea usted lo que es juzgar por las apariencias! La amistad de Tolín le procuró uno de los placeres que jamás había gustado. Tolín tenía grandísima privanza en el Joven Antoñito de Ribadeo, patache que se atracaba junto a la escalerilla de la Pescadería, porque casi siempre llegaba cargado de carbón. Esta privanza de Tolín tenía por motivo los muchos favores que debía el patrón del patache al señor don Venancio Liencres, cuyas relaciones mercantiles en los puertos de Asturias eran muchas y buenas; y no solamente proporcionaba con ellas buenos fletes al Joven Antoñito, sino que le distinguía con señaladísimas preferencias, y jamás negaba a su honrado patrón un anticipo de dos o tres mil reales en días de apuro; es decir, un viaje sí y otro no, cuando mejor andaban las cosas...
Y aquí se hacen de necesidad unos cuantos párrafos consagrados a la especie patache, para que se tenga una idea bastante exacta de esos apuros del Joven Antoñito de Ribadeo; de la importancia de los favores de don Venancio Liencres al patrón, y, por consiguiente, de lo arraigada que estaría la privanza de Tolín a bordo de aquel patache.
Se ha porfiado mucho, entre ociosos y entrometidos, sobre si fueron o no más valientes y arriesgados que Colón y que Blondín los hombres que se embarcaron con el primero para ir en busca de un nuevo mundo y el que montó en las espaldas del segundo para pasar por una cuerda tendida sobre los abismos del Niágara. Que si a Colón le alentaba la fe científica y la pasión de la gloria, y que si a Blondin le sostenía la confianza en su serenidad y en su experiencia bien probadas: que si los otros, tras del temor que podía caberles, sin ser muy aprensivos, de que entregaban sus vidas al capricho de dos locos, solamente iban impulsados por la esperanza de una buena recompensa... Cabe, en efecto, la disputa acerca de estos graves particulares, y me guardaré yo muy bien de terciar en ella con la pretensión de ponerme en lo cierto. Lo que hago en sacar a colación el caso para afirmar, como afirmo, teniéndole presente los lectores, que se necesita mucho más valor que para todo eso, y aun estar mucho más dejado de la mano de Dios, para entrar, con deliberado propósito, a navegar en un patache, lo mismo de patrón, que de marinero, que de motil; porque allí todo es peor en lo sustancial, con ligeras diferencias de detalle. Allí no caben la fe científica, ni la pasión de la gloria, ni la confianza en la serenidad, ni la esperanza de lucro; allí no hay nada de lo bueno, pero sí todo lo malo de las carabelas de Colón y de la cuerda de Blondin. Entrar allí para buscarse la vida es tirar a matarse poco a poco y con mala herramienta.
El patache es un barquito de treinta toneladas escasas, con aparejo de bergantín-goleta. Supónese que estos barcos han sido nuevos alguna vez; yo nunca los he conocido en tal estado, y eso que no los pierdo de vista, como lo pueda remediar. Por tanto, puede afirmarse que el patache es un compuesto de tablucas y jarcia vieja. Le tripulan cinco hombres; a lo más, seis, o cinco y medio: el patrón tiene a popa su departamento especial, con el nombre aparatoso de cámara; la demás gente se amontonan en el rancho de proa, espacio de forma triangular, pequeñísimo a lo ancho, a lo largo y a lo profundo, con dos a modo de pesebres a los costados. En estos pesebres se acomodan los marineros para dormir, sobre la ropa que tengan de sobra, y debajo de la que vistan, pues son allí tan raras como las onzas de oro las mantas y las colchonetas. Para entrar en el rancho hay, entre el molinete y el castillo de proa, un agujero, poco mayor que el de una topera, el cual se cubre con una tabla revestida de lona encerada; tapa unas veces de corredera y otras de bisagras. De cualquier modo, si el agujero se cubre con la tapa, no hay luz adentro, ni aire, y si la tapa se deja a medio correr o levantada, entran la lluvia y el frío, y el sol, y las miradas de los transeúntes; porque el patache, en los puertos, siempre está atracado al muelle. Cada tripulante, incluso el patrón, compra y guarda su pan (tortas de mucho diámetro, que duran cerca de seis días cada una). Con este pan, unas patatas o unas alubias o unas berzas, con un escrúpulo de tocino o de manteca o de aceite para ablandarlo, todo ello a escote, y condimentado por el motil, cuyas manos no tocan el agua dulce como no sea para revolver, dentro de la que echa en un balde, las patatas recién partidas, o la berza después de haberla picado sobre el tejadillo de la cámara, a veces con el hacha; con este potaje, repito, y aquel pan come la tripulación, en el santo suelo, alrededor de la cacerola, en la cual va cada uno, incluso el patrón, metiendo su cuchara cuando le toca. Así cena también las mismas patatas, las mismas alubias y las propias berzas. En ocasiones, en lugar de las patatas, o de las berzas, o de las alubias, hay bacalao, que el motil guisa en salsa roja, después de haberlo desalado dándole dos zambullidas en el agua de la Dársena, desde la borda, atado con un cordel. Para almorzar, un poco de cascarilla en un tanque... Y siempre lo mismo, cuando los tiempos marchan bien.
Ningún tripulante de patache gana sueldo fijo; todos van a la parte. Pero ¡qué parte! Por de pronto, el flete en viaje redondo, aunque se abarrote la bodega y se encogolle el puente con barricas y tablones, no pasa mucho más de dos mil reales. De este flete, gana el cuarenta por ciento el barco; el patrón, soldada y media, y además el cinco por ciento de capa o sobordo, o, lo que es lo mismo, sobre el flete cobrado. El resto se reparte entre los cinco tripulantes: seis, ocho, doce duros, o quince lo más, a cada uno, cantidad que significaría algo, a pesar de su pequeñez, si el ir y venir y el fletarse de un patache fuera coser y cantar; pero ya se verá lo que hay sobre estos particulares.
Con alguna que otra excepción vascongada, el patache es siempre gallego o asturiano, y si no hay carbón, o manzanas, o tabales de arenques que traer, llega a Santander en lastre; esto es lo más corriente. Ya está en la Dársena, atracado al muelle. Allá va el patrón, hombre ya picando en viejo, calmoso y de triste mirar, de escritorio en escritorio, de almacén en almacén, llamando a cada dueño por su nombre, saludándolos a todos finísimo y cortés, y acabando en todas partes con la misma pregunta:
-¿Hay algo para Ribadesella?
Una mañana, un día entero de gestiones así, le dan por resultado veinte sacos de harina, dos cajas de azúcar, ocho coloños de escobas, un catre viejo y dos fardos de papel de estraza. Los sucesivos correos van trayendo algunos pedidos nuevos; pero tan pocos y tan lentamente, que con una suerte loca llega a abarrotarse la bodega en poco más de mes y medio. Lo común es que el patache no complete su carga en menos de dos meses, o que cierre el registro a media carga. Pero, en fin, ya está despachado y se pone en franquía, es decir, se desatraca del muelle y se fondea en medio de la Dársena, para salir a la marea de la tarde o al Nordeste de la mañana. Pues entonces, precisamente entonces se le antoja al tiempo dar un cambio al Noroeste y armar una marimorena que no se acaba, en invierno sobre todo, en menos de tres semanas, cuando no dura dos meses cumplidos; dos meses que, con los otros dos, suman cuatro. Pongamos tres, por término medio... ¡Tres meses de patatas, de pan y de tocino para seis hombres de buen diente y con un puñado de pesetas entre todos, para comer y vestir ellos y las familias de los más de ellos!
Ya amainó el temporal y apuntó el Nordeste, y el barómetro sube. Lleva el patache, y la propia lancha, con el esfuerzo de los propios marineros, le remolca hasta la canal. Iza allí toda su trapajería, comienza a desentumecerse y a inflarse, y luego a virar por avante, y bordada va, bordada viene, en cosa de medio día está fuera del puerto. Si es muy afortunado, en treinta horas llega al punto de su destino; si es de mediana suerte, le coge una calma enfrente de Cabo Mayor, y allí se pasa las horas muertas hecho una boya; o una serie de vientos redondos que le tienen seis u ocho días atolondrado en la mar, sin saber adónde tirar ni por dónde meterse, y entretanto, la gente de a bordo, que no contaba con aquello, mano a la harina, o a las conservas, o a los fideos del flete, porque no es cosa de morirse de hambre llevando la casa llena de provisiones. Si es algo desgraciado, arriba dos o tres veces durante el viaje, lo cual supone otro mes de retraso; si es desgraciado más que algo, cada una de estas arribadas le cuesta un quebranto serio en el casco o en el aparejo, y pone a los tripulantes en gravísimo riesgo de perder la vida. Pero, de todos modos, venturoso o infeliz, más tarde o más temprano, le coge un vendaval entre Tinamayor y Suances, que le trae en vilo hasta el Sardinero, si no le da la gana de estrellarle antes contra una pena. Desde allí me lo planta de otro voleo en la boca del puerto, con rumbo a las Quebrantas. Unas veces le arroja en ellas de un tirón; otras le permite detenerse un poco, echando el ancla a medio camino de las fieras rompientes. En esta situación horrible, raro es el ejemplar que se aguanta hasta que cesa el temporal... Y, entretanto, es la única ocasión que tienen los infelices tripulantes para abandonar el barco, que cabecea y tumba y danza, con las velas desgarradas y tremolando en su arboladura la jarcia hecha pedazos, juguete de las olas, que le envuelven y meten el gigantesco lomo por debajo de su quilla.
Lo ordinario es que el ancla roñosa garree, o se rompa la cadena, y que el mísero barco vaya a las rompientes, donde en breves instantes le convierte en astillas la fuerza incalculable de aquellas embravecidas mares.
Todos los inviernos devora este monstruo su ración de patache. En una sola tarde, no hace muchos años, he visto yo perecer cinco. Los cinco, después de entrar acosados por el temporal y de faltarles la virada suprema, la de la salvación, la que les aleja del abismo, habían tenido que fondear delante de las rugientes fauces del monstruo. Cuatro tripulaciones se habían salvado ya a duras penas, y la lancha de un práctico recogía la quinta, con heroicos esfuerzos, cuando yo llegué al castillo de la Cerda. Momentos después, rotas las débiles amarras, desfilaban uno a uno hacia las Quebrantas, y, para llegar más pronto, a brincos, como cabra entre malezas, y desaparecían todos ellos en aquel infierno de espuma, de golpes y de bramidos.
También ha probado barcos grandes el paladar del monstruo aquél; pero muy de tarde en tarde, porque el barco grande huye de la costa cuando cerca de ella le coge un temporal; y si la necesidad le obliga a tomar el puerto y a fondearse en sitio peligroso, tiene buenas cadenas y mejores cables; y, por último, desde que los hay disponibles, pide un remolcador que le saque del apuro. El pobre patache navega a la costa, en la costa le cogen los malos tiempos, y en la costa los aguanta, porque no sabe ni puede andar por otra parte; sus cables y sus cadenas son, relativamente, débiles, y un remolque de vapor le cuesta lo que él no puede pagar.
Tal es su triste condición; la cual no ahorra, sino más bien duplica, con relación a otro barco más grande, las faenas de los tripulantes a bordo, donde todo es escaso y flaquea, y exige, por ende, mayores desvelos y más grandes sacrificios a cada uno.
En suma: trabajo incesante, comida misérrima, un pesebre por lecho, un mechinal por dormitorio, todos los riesgos de la mar, todas las desventajas para correrlos, y la conciencia de no mejorar nunca de fortuna por aquel camino. Todo esto acepta, a sabiendas y de buena gana, un hombre que se decide a formar parte de esa legión de héroes de la miseria, de las angosturas y de las fatigas, que ni siquiera tienen por estímulo la triste esperanza de que al acabar su carrera estrellados contra un peñasco, o arrastrados por torbellinos de arena y ondas amargas, se grabe su martirio en la memoria de las gentes, o merezca siquiera su conmiseración, pues hasta la que se siente por los náufragos de alto bordo, se regatea a los de un mísero patache. ¡Tan necesario e inevitable se conceptúa su desastroso fin!
Y ahora pregunto: ¿Es comparable este valor pasivo y desinteresado con la fiebre ambiciosa de los hombres que acompañaron a Colón en su primer viaje, y del que pasó el Niágara sobre una cuerda, encaramado en las espaldas de Blondín?
Y también caigo en la cuenta de que ni esta pregunta, ni mucho de lo que la precede, eran de necesidad para el fin que me propuse sacando a relucir el patache en este cuento; pero no siempre se corta por donde se señala, ni es fácil hablar con interés de un desdichado sin hacer una excursión por todo el campo de sus desdichas. Achaque es éste del corazón humano, y ¡ojalá no adoleciera de otros más graves!
Perdone, pues, el lector las sobras, si le molestan, y aténgase a lo pertinente al caso, para comprender la importancia de los favores que hacía el señor don Venancio Liencres al patrón del Joven Antoñito de Ribadeo, sacándole del apuro de sus largas estancias junto al Muelle, una vez con fletes de preferencia y otras con generosos anticipos de dinero.
Tolín sabía algo de esto, porque estaba cansado de hallarse con el patrón en la escalera y de oír hablar de él a su padre, y como no hay patache que, por malo que sea, no tenga una lancha bastante buena, la del Joven Antoñito de Ribadeo era, casualmente, de las mejores en su clase: ligerita y esbelta, no mal pintada, ni muy sucia. Tolín vio esto, y, por verlo, se acordó de los vínculos que unían con su padre al patrón del patache; y, acordándose de ello un día se coló en el Joven Antoñito de Ribadeo, en el cual no lo recibieron con palio porque no le había; pero, en su defecto, el patrón se le presentó a sus marineros para que se le tratara allí como quien era, concluyendo por advertirles, pues barruntaba lo que iba buscando el chicuelo, que siempre que pidiera la lancha, se la dieran, y hasta la ayuda del motil cuando tratara de salir de la Dársena.
Desde aquel día mandaba Tolín a bordo del patache más que el mismo patrón. Pero no abusaba. Su único entretenimiento era bajarse a la lancha, siempre ociosa, puesto que el barco estaba atracado al Muelle, y, desde que el motil le había enseñado a cinglar, andar voltejeando por la Dársena, o corretear de aquí para allí agarrado a las estachas de los quechemarines y lanchones. Tolín habló de estas cosas con Andrés en cuanto fue amigo; y Andrés, asombrado de la fortuna de Tolín, quiso que le presentara en el patache aquel mismo día; y Tolín le presentó, no solamente como un amigo, sino como un futuro consocio en la casa de comercio, y además como hijo del capitán de la Montañesa. Un solo título de éstos hubiera bastado para merecer toda la consideración de los tripulantes del Joven Antoñito de Ribadeo; con los tres juntos, casi le admiraron. Después trepó por la jarcia hasta los tamboretes y bajó hasta el fondo de la bodega con la agilidad y firmeza de un grumete; y, por último, saltó a la lancha, armó uno de sus remos a popa, y cinglando con una sola mano y con la otra en la cadera, llegó, sorteando lanchas y cabos tendidos, hasta la Rampa Larga en un periquete, y en otro volvió. Aquello acabó de ganarle las simpatías de la tripulación del patache, y desde entonces ya tuvo barco donde holgar a su antojo, y hasta lancha buena y de balde con que salir a bahía, solo o acompañado, a correr las aventuras de remero y de pescador. ¡Nunca pudo imaginarse Tolín, poco dado a las emociones marítimas, el valor de la ganga que proporcionó a su amigo al partir con él su privanza a bordo del Joven Antoñito de Ribadeo!
Andrés, en cambio de este favor, quiso hacer partícipe a Tolín de todas sus amistades y entretenimientos, que pudieran llamarse de contrabando. Pero las diversiones de Muelle-Anaos no eran para el hijo de don Venancio Liencres. Las bromas de Cuco le asustaban; los Cafeteras, Pipas y Micheros, grandullones ya, le inspiraban poca confianza, y los Surbias, Coles, Muergos y Guarines, tropa menuda, con sus hembras y todo, le olían muy mal y le daban asco. De la Maruca ya había probado bastante para convencerse de que no debía volver allá. En la calle, adonde también le llevó su amigo, le pareció bien la gente de la bodega; pero la bodega y el resto de la casa, no tanto; el resto de la casa sobre todo. La curiosidad le arrastró a explorarla un poco por la escalera. No pasó del tercer piso. Tramos inseguros, escalones desclavados o carcomidos, ramales inesperados a derecha e izquierda, y dondequiera que fijaba la vista, una puerta negra, mal cerrada y llena de rendijas..., ¡muchas puertas!... ¡Y unas caras asomando, a veces!... ¡Con unas greñas!... ¡Y unos rumores adentro, y unos gritos!... Luego, mugre en las paredes, mugre en la barandilla, mugre en los peldaños..., ¡y una peste a parrocha, y como a espinas de bonito chamuscadas!... Llegó a creerse perdido y enfermo en un laberinto de horrores inmundos; dudó un instante si aquello era realidad o una pesadilla, y retrocedió espantado, llamando a Andrés, que ya subía en busca suya.
-Pues todas las casas de la calle son por el estilo..., o peores -le dijo, para tranquilizarle.
Y Tolín, al saberlo, cogió miedo a toda la calle, por la cual no había pasado dos veces en su vida.
No le faltaban agallas, ni era dengoso; pero su parte física era débil, y el espíritu mejor templado flaquea dentro de un cuerpo enfermizo. Además, su educación había sido exclusivamente terrestre, y la tierra era su elemento para las pocas valentías que podía permitirle su naturaleza. Jamás se le hubiera ocurrido andar en bote por la Dársena, sin ser el bote de un amigo de su padre y capitán de un barco atracado al Muelle; conjunto de circunstancias que, cuando voltejeaba cerca del patache, le permitían considerarse en el portal de su casa, entre amigos de la familia. Lo menos marítimo de lo marítimo, en punto a recreaciones, era la Maruca, por abundar en ella la pillería terrestre, y por eso, y por estar cerca de su casa y conocerla mucho de vista, intentó, con mal éxito, acercarse allá.
De modo que le dijo a Andrés, después de la prueba de la calle Alta, que contara con él para todo menos para esas cosas; y como habiéndole acompañado un día a pasear en el bote del patache, y yendo los dos solos remando les arrastrara la marea y los aconchara contra la cadena de una fragata, poniéndolos el bote casi quilla arriba, trance en el cual hubieran perecido sin el socorro de una barquía que pasaba, también le advirtió que no volviera a remar con él otra vez si salían fuera de la Dársena.
Andrés se admiró de que hubiera un muchacho a quien no le gustaran esas cosas, y procuró complacer a su amigo acomodándose a sus gustos siempre que podía; apartóse algo de la Maruca y del Muelle-Anaos; pero no de la calle Alta, adonde iba con bastante frecuencia a echar largos párrafos con la gente de la bodega, porque además de que tío Mechelín, a quien había caído muy en gracia, le encantaba con sus relatos de la mar, con sus cuentos y, sobre todo, con su buen humor, y tía Sidora se gozaba mucho de verle por allí, al despedirse de todos nunca dejaba Silda de decirle, con su acento imperioso y su ceño duro:
-Vuelve.
¿Y cómo no había de volver Andrés, si le daba gloria ver a aquella chiquilla, poco antes medio salvaje, sentadita al lado de tía Sidora, tan limpia, tan peinada, tan aliñadita de ropa, tan juiciosita, pasando un hilo por dos remiendos para soltarse a coser, o manejando el juego de agujas para aprender los crecidos en una media de algodón azul? Además, le había afirmado tía Sidora que sacaba mucho arte para la cocina y para el arreglo de la casa, y cuando la llevaba consigo a las faenas de la Pescadería, de todo se enteraba y de todo le daba cuenta después; y eso que parecía que en nada paraba la atención. No quería ni que la hablaran de la vida que había hecho hasta allí desde la muerte de su padre. Por lo que toca a tío Mechelín, todo se le volvía contar a Andrés las habilidades de Silda en cuanto ésta daba media vuelta, y enseñarle los botones que le había pegado, ella sola, en el chaleco, o el remiendo que le había cosido en el elástico. En fin, que la chiquilla era otra ya, y el honrado matrimonio estaba chocho con ella. A mayor abundamiento, las del quinto piso andaban calladitas como unas santas, cansadas de provocaciones y chichorreos inútiles desde el balcón y siempre que, entrando o saliendo, pasaban por delante de la bodega, porque cuando uno no quiere dos no riñen, sin contar con lo que las refrenaba y contenía la declaración del Cabildo, que, desatendida, podía dar en qué entender hasta a la autoridad de Marina, cuyos fallos no admitían réplica. ¿Qué más? Hasta Muergo parecía influido benéficamente por la transformación de la chicuela. No solamente no había vendido la camisa, sino que andaba a la conquista de otra, o de cosa mejor, presentándose a menudo en la bodega, con el poquísimo aseo que cabía en un puerco como él, y triscándose, en tanto, los zoquetes de pan que, no de muy buena gana, le regalaba su tía.
¿No era harto justificable el placer que experimentaba Andresillo viendo tales cosas en aquella pobrísima morada? ¿No era el bienestar que reinaba en ella, alrededor de Silda, obra suya, hasta cierto punto?
¿Quién, sino él, había cogido a la desamparada criatura en medio del arroyo y la había puesto en camino de llegar donde había llegado? Que no pensara Tolín en apartarle de la bodega de la calle Alta, porque eso no podía ni debía hacerlo él, aun sin lo mucho que le tiraban hacia allá sus aficiones marineras, los relatos del campechano tío Mechelín y las cariñosas deferencias de la tía Sidora.
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